Si preguntamos a cualquier persona cuál es su primer recuerdo con la naturaleza, la mayoría evocará momentos en el campo, en el jardín de casa o incluso en la huerta del abuelo. Esos espacios verdes, donde la tierra se cuela entre las uñas y los bichitos son vecinos habituales, son una escuela al aire libre. Pero no nos engañemos, en un mundo donde la mayoría de los niños cree que las zanahorias nacen en bolsas de supermercado y que la tierra solo sirve para hacer castillos en la playa, necesitamos urgentemente reconectar con lo esencial. Y aquí es donde entra el huerto escolar.
Los huertos son el Google de la educación ambiental: preguntas algo y obtienes respuestas (a veces con más lombrices de las esperadas). ¿Cómo crecen las plantas? ¿Por qué las abejas son tan importantes? ¿Qué ocurre si no llueve? Todo esto se aprende no con un libro aburrido, sino con las manos en la tierra. No hay mejor manera de entender el ciclo del agua que viendo cómo una planta se seca sin riego o cómo una hoja recoge el rocío matutino. Y no hay mejor forma de aprender sobre biodiversidad que observando cómo un puñado de mariquitas salva la cosecha de una invasión de pulgones.
Además, el huerto enseña algo que pocas materias logran: paciencia. En una era de gratificación instantánea, donde si un vídeo tarda más de tres segundos en cargar lo descartamos, los niños descubren que la naturaleza tiene sus propios ritmos. No puedes adelantar el crecimiento de un tomate con solo apretar un botón (aunque lo intenten con miradas intensas de concentración). Aprenden que hay que sembrar, regar, cuidar… y esperar. Y cuando por fin llega la cosecha, esa ensalada de lechuga que antes les parecía aburrida se convierte en un manjar de lujo.
¿Y qué me dices de la responsabilidad? En una clase normal, si te olvidas de hacer los deberes, solo tienes que aguantar la mirada del profesor. En un huerto, si te olvidas de regar, las plantas te lo hacen saber con hojas mustias y caritas tristes. Esto crea un sentido de compromiso real. Además, trabajar en equipo es fundamental: algunos cavan, otros siembran, y siempre hay algún pequeño científico en potencia que se obsesiona con medir el crecimiento diario de cada planta.
Y si todavía alguien duda del poder educativo de un huerto, que intente explicar qué es el compost sin que le miren raro. Convertir restos de comida en abono suena a brujería, pero cuando los niños ven el proceso en acción, entienden de golpe lo que significa cerrar el ciclo de los nutrientes. ¡La magia de la descomposición en su máximo esplendor!
En The GreenGame lo tenemos claro: los huertos son el aula perfecta. Porque no solo enseñan ciencias naturales, sino también matemáticas (¡cuántos rabanitos caben en este bancal!), historia (¿cómo cultivaban los mayas sin fertilizantes?), arte (diseñar un huerto bonito es todo un reto) e incluso filosofía (¿por qué algunas semillas germinan y otras no? ¿Es el destino o un mal riego?).
Así que, si tienes un pedacito de tierra (o incluso unas macetas en el patio), lánzate a la aventura. La educación ambiental empieza con una semilla… y termina con una cosecha de conocimientos, valores y, con suerte, una buena ensalada.