Si hay algo que los niños y niñas suelen preguntarse cuando estudian matemáticas es: ¿para qué sirve esto en la vida real? Y, seamos sinceros, muchos adultos también nos lo preguntamos cuando vemos ecuaciones llenas de letras y signos extraños. Pero ¿y si te dijera que en un huerto escolar podemos trabajar matemáticas de una forma tan natural como plantar un tomate? Porque sí, en cada rincón del huerto hay números escondidos, esperando a ser descubiertos.
Pensemos en algo tan sencillo como la distribución de las plantas. Si queremos cultivar lechugas, necesitamos organizarlas en filas con una distancia adecuada entre ellas. Aquí entran en juego la medición y la geometría. Imagina a un grupo de niños y niñas con una cinta métrica en la mano, tratando de colocar las plantas en filas rectas sin que parezcan un caos total. No falla: alguno termina con lechugas en zigzag y toca replantearlo todo. Pero en el proceso han aprendido sobre longitudes, simetría y patrones espaciales sin necesidad de un cuaderno.
Y si hablamos de simetría, no podemos olvidarnos de la disposición de las hojas en muchas plantas. ¿Sabías que la mayoría siguen la famosa sucesión de Fibonacci? No es magia, es matemáticas en acción. Las espirales de un girasol, la disposición de las semillas en una piña, incluso el crecimiento de una coliflor responden a esta serie numérica (Livio, 2002). Así que, en lugar de mirar una pantalla con números que parecen aleatorios, los niños y niñas pueden verlos en la naturaleza y sorprenderse con cómo las matemáticas están realmente en todas partes.
Pero no solo de formas vive el huerto, también hay mucho cálculo. Imagina que un grupo de estudiantes tiene que calcular cuánta agua necesita el huerto. Si cada planta requiere medio litro al día y hay 30 plantas, ¿cuántos litros en total necesitamos? Lo mejor de esto es que, si se equivocan, las plantas se lo harán saber (esperemos que antes de marchitarse). Aquí las matemáticas no son abstractas; tienen consecuencias reales y eso hace que los niños y niñas se impliquen más en el aprendizaje.
Y hablemos de cosechas. Supongamos que en el huerto escolar se han plantado zanahorias y, después de unas semanas, llega el momento de recogerlas. Cada niño recoge un número distinto de zanahorias y llega el gran reto: ¿cuántas han cosechado en total? Esto no solo trabaja la suma, sino que también nos lleva a hablar de estadísticas. ¿Quién ha recogido más? ¿Cuál es el promedio de zanahorias por niño? ¿Podemos representar estos datos en un gráfico? De repente, las matemáticas dejan de ser aburridas y se convierten en algo visual y tangible (Van de Walle, Karp & Bay-Williams, 2013).
Pero, sin duda, mi actividad favorita para trabajar matemáticas en el huerto es la planificación de cultivos. Aquí combinamos todo: geometría para distribuir el espacio, cálculo para prever cuántas semillas necesitamos, estadística para analizar qué plantas han crecido mejor y hasta proporciones si queremos hacer compost casero con la mezcla perfecta de materiales verdes y marrones.
Y si queremos ir un paso más allá, podemos convertir a los niños y niñas en auténticos científicos con un estudio sobre polinizadores. Se trata de elegir diferentes tipos de flores del huerto y hacer un conteo de cuántos insectos visitan cada una en un período de tiempo determinado. Con esta actividad, los niños y niñas no solo practican los conteos y el registro de datos, sino que también determinan qué flores son más atractivas para las abejas, mariposas y otros polinizadores. Y aquí entra en juego la estadística: pueden hacer gráficos de barras, calcular porcentajes y hasta debatir por qué algunas flores son más populares que otras entre los insectos. ¿Será el color? ¿El aroma? ¿La forma de la flor? De repente, las matemáticas se convierten en una investigación real y emocionante (Kevan & Baker, 1983).
Por supuesto, en el huerto no todo es plantar y cosechar. También hay que nutrir la tierra, y aquí aparece otra oportunidad matemática: la multiplicación. Cuando añadimos estiércol o compost, tenemos que calcular la cantidad necesaria según la superficie del huerto. Si la dosis recomendada es de 2 kg por metro cuadrado y tenemos un huerto de 10 m², ¿cuánto estiércol debemos usar? Si además lo dividimos en varias aplicaciones a lo largo del año, podemos introducir divisiones y fracciones. De esta forma, la multiplicación deja de ser una tabla en la memoria y se convierte en algo práctico y tangible.
Así que, la próxima vez que alguien pregunte ¿para qué sirven las matemáticas?, invítalo al huerto. Ahí, entre tomates, girasoles y zanahorias, los números tienen sentido, los cálculos importan y las ecuaciones crecen como las plantas. Y quién sabe, quizás hasta terminen sacando mejores notas en matemáticas… o al menos, con las manos llenas de tierra y una sonrisa en la cara.
Referencias:
- Kevan, P. G., & Baker, H. G. (1983). Insects as flower visitors and pollinators. Annual Review of Ecology and Systematics, 14(1), 593-618.
- Livio, M. (2002). The Golden Ratio: The Story of Phi, the World’s Most Astonishing Number. Broadway Books.
- Van de Walle, J. A., Karp, K. S., & Bay-Williams, J. M. (2013). Elementary and Middle School Mathematics: Teaching Developmentally. Pearson.